AMARANTA SI TE APETECE LEÉ ESTO,¡¡AH¡¡ Y TE REPITO GRACIAS POR LEER LOS "TOCHOS" .En el verano de 1934 las izquierdas promovieron una oposición desestabilizadora contra los gobiernos centristas. La derecha y los propios lerrouxistas fueron acusados, con falsedad deliberada e incesante, de fascistas. Los socialistas lanzaron una huelga general del campo durante la cosecha, que arruinaría ésta y desataría un hambre masiva. Fueron incendiadas las mieses en diversos lugares, y asesinados jornaleros que querían trabajar, pero la enérgica reacción del Gobierno frustró la intentona. A continuación, los nacionalistas catalanes impulsaron un clima de rebelión, con pretextos nimios, y utilizaron las facilidades legales para organizar una insurrección armada en Cataluña. Azaña, de acuerdo con ellos, intentó un segundo golpe de estado, que fracasó porque requería la cooperación del PSOE y éste había decidido luchar no por un nuevo Gobierno izquierdista burgués, sino por la dictadura del proletariado, es decir, del propio PSOE. A continuación se sumó el PNV a la oleada desestabilizadora, con lo que se llegó a septiembre en una situación extrema de desobediencia y desafío a la legalidad.
El polvorín terminó estallando a principios de octubre, cuando la CEDA resolvió por fin hacer uso de sus derechos democráticos y entrar en el Gobierno, si bien de forma muy tímida. Esta decisión, legal y legítima, fue utilizada por las izquierdas como el pretexto para desatar la guerra civil. Participaron en la insurrección los socialistas y los nacionalistas catalanes, más los comunistas y algunos sectores anarquistas, con el apoyo político de las izquierdas republicanas. Se trató, por tanto, de un asalto generalizado a un Gobierno legítimo, básicamente republicano de centro, salido de un triunfo indiscutible en las urnas y que en todo momento había respetado la ley.
La insurrección fracasó al no lograr apoyo de masas, excepto en una parte de Asturias, donde durante dos semanas se materializó una verdadera guerra civil. El resultado fueron 1.400 muertos y cuantiosos daños materiales en 26 provincias, además de destrucciones invalorables en el patrimonio cultural e histórico del país.
Al atacar las izquierdas la legalidad republicana establecida por ellas mismas, la derecha tenía la ocasión perfecta para replicar con un contragolpe desde el poder y aniquilar a sus enemigos y a la misma República. La CEDA no estaba conforme con una Constitución republicana no consensuada sino impuesta por el rodillo izquierdista, y pensaba reformarla por la vía legal. Además, Gil-Robles hizo ocasionalmente declaraciones contra el parlamentarismo y la democracia liberal, si bien muchas menos que las de las izquierdas. Por lo tanto, el peligro de una reacción que aniquilase de una vez el experimento republicano pareció real a muchos, dentro y fuera de España.
Sin embargo, la CEDA demostró en la ocasión su verdadero carácter: defendió una legalidad que no le gustaba, invocando textualmente las libertades, y la represión fue muy inferior a la realizada por otros gobiernos europeos contra intentonas similares.
La derrota pudo cambiar los enfoques de las izquierdas con respecto a la ley y a la alternancia política, pero no ocurrió nada parecido. Su radicalismo se exacerbó, el episodio de guerra civil fue ensalzado como un hecho heroico, las derechas fueron calificadas todavía con más intensidad de "fascistas" y se desató una tremenda campaña nacional e internacional contra las atrocidades de la represión derechista, en su gran mayoría inventadas o exageradas sin tasa.
Las izquierdas sacaron de su fracaso lecciones contra la democracia. Acordaron volver a las elecciones unidas en un bloque, para, si lograban el poder, reformar el Estado a fin de impedir cualquier posibilidad de vuelta de las derechas al poder.
Y así ocurrió. En febrero de 1936 ganó el que sería llamado "Frente Popular", en unas elecciones muy anómalas pero cuyo resultado aceptó la CEDA, en otra muestra de respeto a la alternancia, aun si ese respeto venía, en la ocasión, más del pánico que de convicciones razonables. En fin, habían ganado los mismos que se habían rebelado en 1934, que seguían jactándose de ello y que habían amenazado en su propaganda electoral con el exterminio de la derecha. ¿Qué iba a ocurrir? La derecha se aferró a Azaña como último valladar frente al renovado impulso revolucionario.
Pero la esperanza en Azaña iba a verse defraudada. La ley empezó a aplicarse desde la calle, por medio de tumultos, se reorganizaron las milicias y el terrorismo de partidos y cundieron los asesinatos, los incendios de iglesias, los asaltos a sedes y periódicos de la derecha, las huelgas violentas e interminables, etc. Ahora bien, la proliferación de las violencias y amenazas no causó directamente el hundimiento del régimen, pues cualquier Gobierno puede tener que afrontar graves desórdenes sin por ello deslegitimarse. La clave del desastre fue que el Gobierno, lejos de cumplir y hacer cumplir la ley, colaboró de hecho, o amparó, los movimientos revolucionarios, y al mismo tiempo impulsó por su cuenta un rápido proceso de destrucción de la legalidad.
Azaña declaró que el poder no saldría ya de manos de la izquierda, y a tal fin procedió a liquidar las reglas del juego democrático para pulverizar a la derecha y transformar la democracia liberal en algo parecido a la seudodemocracia del PRI mejicano, muy admirado por las izquierdas revolucionarias españolas. En muy pocos meses asestó tres golpes decisivos a la legalidad. En primer lugar, promovió una arbitraria "revisión de actas" para reducir a la inoperancia la representación parlamentaria de la CEDA; en segundo lugar, destituyó ilegítimamente al presidente derechista Alcalá-Zamora, a quien, en rigor, debían el poder las izquierdas; y, en tercer lugar, procedió a la depuración de diversos aparatos del Estado y, especialmente, al control del poder judicial, sometiéndolo a comités de vigilancia izquierdistas.
Estos dos movimientos, desde la calle y desde el poder, arrasaron el proyecto inicial republicano de una democracia liberal, culminando en el asesinato de Calvo Sotelo, que condensa todas las peculiaridades del período: la policía actuando como un grupo terrorista en colaboración con las milicias del PSOE. Contra la versión habitual, no fue la guerra lo que destruyó la democracia, sino que la destrucción previa de la democracia ocasionó la guerra. No quedaba posibilidad de alternancia ni de simple convivencia en paz. Fueron las izquierdas, básicamente, quienes acabaron con el proyecto demoliberal de la República y provocaron una guerra que estaban seguras de ganar, pero que terminaron perdiendo. |