Bueno, después de semanas de intriga y fabulaciones, ayer decidí buscar algún referente sobre el tan mencionado "síndrome de Sardeu" – era mucho el gusanillo por saber tan magna historia- y me encontré un libro de memorias, titulado "Olor a yerba seca" del ya mencionado Alejandro Llano Cifuentes.
Transcribo literalmente la referencia a este "asunto".
Aclarar, para quien no lo sepa, que la familia de Leticia Ortiz no tiene raíces en Sardeu, sus abuelos se compraron la casa y listo.
Espero que a Cubanos no le parezca mal que lo desvele...pero pudo más la curiosidad.
Mis hermanos y yo hablábamos mucho de nosotros mismos; éramos una familia –no sé si sucede en otras- muy autoreferencial. Nunca, o casi nunca, nos describíamos en términos elogiosos: nos hubiera parecido de mal gusto. Al contrario, tendíamos a criticarnos, trayendo a colación las cosas ridículas que nos habían sucedido o las características negativas que nos parecía ver en la historia inmediata de esa especie de clan que formaban hasta hace bien poco las familias españolas tradicionales.
Cuando sucedía algún incidente lamentable –por ejemplo la rotura de un jarrón considerado muy valioso, como consecuencia de una pelea –atribuíamos el desastre a la endogamia:
- Padecemos una feroz consanguinidad –era la expresión consagrada.
Ni qué decir tiene que esto desagradaba profundamente a mi madre, quien intentaba cortar este tipo de comentarios diciendo que, al hacer los trámites eclesiásticos para su matrimonio, se dirigieron al obispado para informarse acerca de si deberían pedir una dispensa por parentesco, y los expertos canonistas les dijeron que no era necesario, porque la afinidad entre mi padre y mi madre era lejana. Sus hijos –los chicos, sobre todo- le dábamos la vuelta al argumento y replicábamos que por algo habían tenido que hacer una consulta acerca de la dichosa dispensa.
El entreveramiento de apellidos era evidente. Por ejemplo, mi abuelo materno se llamaba Ramón Cifuentes Llano, mientras que yo me llamo Alejandro Llano Cifuentes. Mis tías segundas Paz y Josefina, hijas de la tía Obdulia, se apellidaban contundentemente Llano Llano. Y en el cementerio de El Carmen, en el que están enterrados mis padres, mi hermano José Antonio y, como he dicho antes, mi prima Natalia, resulta que siete u ocho apellidos se repiten continuamente en las lápidas. Esta endogamia generalizada –típica de pequeños valles cerrados sobre sí mismos- era una de las causas, así lo pensaba yo, de los frecuentes crímenes y suicidios que acontecían en el pueblo de Sardeu, hasta el punto de que, entre los vecinos de aquellos parajes bellos y umbríos se hablaba del "síndrome de Sardeu" como un sinónimo de las patologías depresivas. Tan mala fama tenía Sardeu que los que allí vivían solían decir que eran de El Carmen. Lo cual cambió drásticamente cuando se hizo público que la abuela de Leticia Ortiz, la Princesa de Asturias, vivía en un pintoresco rincón de aquel pueblecito tan mal visto. A partir de entonces, se invirtieron los papeles, y son los de El Carmen quienes dicen que proceden de Sardeu. |