Me gustaría recordar una dedicatoria de Guillermo González en "Estampas Riosellanas".
UN MAGÜESTU
A Cheché Sánchez Bravo de Pattist
En estos momentos otoñales, de bruma y de pardos nubarrones, en que todo parece girara alrededor de un signo lleno de fatalismos, es cuando la Naturaleza se muestra más propicia para vivir nuestras costumbres típicas.
La tarde dominguera se puebla de risas juveniles y en bandadas –como los jilgueros que con sus trinos alegran estos campos- ellas y ellos, en bulliciosa hermandad, y portando la preciosa carga –sidra dulce y castañas- alegremente se encaminan al sitio elegido para verificar el "magüestu". Son los "magüestos" como una evocación de una Arcadia riente...
Llegan al sitio indicado y bulliciosamente el grupo se disemina en busca del necesario "rozo" con que hacer la hoguera y en la cual las castañas serán depositadas.
En la paz de la tarde, las benditas canciones del país. Todo sentimentalismo y cantadas a coro, saben llegar a los corazones y a las almas aquella quietud que suspira y se anima en las páginas de Virgilio, El Divino...
Los rostros se animan, éste, con un palo, revuelve las castañas evitando así que éstas se quemen por un solo lado; aquella, diligente, se apresura a echar leños al fuego, con igual celo que las vestales del templo de Vesta se encargaban de avivar los fuegos sagrados...
Luego, a al hora del yantar, es el "chamuscarse" las manos, un motivo de nuevo regocijo, en tanto que los vasos de sidra dulce van de mano en mano con una rapidez inusitada.
Las horas pasan sin sentirse, y cuando ya de noche retornan a la villa, quizás haya alguno que recuerde aquellos otros "magüestos" de la infancia que solían terminar en discordia debido a la parte que a cada uno le correspondía. Añorando a la vez los sueños de entonces, que eran siempre magníficos y bellos.
La Atalaya, 1926 |