Desde hace bastante tiempo la ceremonia semanal que se repite en todas las ciudades y que las mismas personas adultas no llegan a entender es el que muchos jóvenes toman unas copas en una calle o en un arenal de la playa. Los responsables de nuestro gobierno proponen como solución un "decretazo" que prohíbe el consumo de alcohol en las vías públicas. Pero es una medida difícil de cumplir.
La mayor parte de los participantes en los botellones son estudiantes de entre 15 y 20 años, que viven cos sus padres y que reciben de ellos una paga semanal. ¿Por qué no intervienen los padres en su educación?
El botellón es más económico y la solución más barata que tienen los muchachos para divertirse; la paga no les llega para hacer frente a los precios de las consumiciones de los locales. Pero el botellón tiene la ventaja de escapar del garrafón adulterado y de los porteros "caprichosos" de pubs y discotecas. El botellón es más divertido: la mejor forma de pillar el puntito y echar unas risas y charlar, ya que en los locales la música está siempre muy alta y es muy difícil hablar.
Lo peor del botellón es que su consumo se disparó desde hace algunos años, mostrando las estadísticas datos preocupantes pues cada vez más jóvenes ingresan los fines de semana jóvenes por intoxicación etílica. Los jóvenes, pues, beben más y lo hacen con mayor precocidad, sin saber parar, sin medida.
Todo esto nos lleva a preguntarnos por las razones que llevan a que millares de chicos/as entiendan que el alcohol es la única vía de escape de que disponen cada fin de semana. Si desarrollamos estas razones, que no sólo afectan a los jóvenes sino también a los mayores, nos daremos cuenta del modelo social imperante en el que todos fuimos reducidos a meros consumidores de productos. Una de las razones puede ser la disminución del umbral de aceptación de exigencia que los padres tienen para con sus hijos.
El problema del botellón no se controla con prohibiciones represoras y paternalistas sobre los jóvenes. La prohibición puede ocultar el problema, pero no solucionarlo, por lo que los jóvenes seguirán bebiendo en otra parte, donde sea, y a lo mejor hasta es peor. Pero beberán. Lo que habría que controlar es que no bebieran o por lo menos que no fuese hasta desfallecer.
A los chicos/as los primeros que los deben de controlar son los padres. Un chico/a que llegue a casa a las cinco o seis de la mañana (y además borracho) no se le debe pasar por alto el hecho, y, además de llamarle la atención, tener una charla seria con él, hablándole del perjuicio que ocasiona el alcohol, bebido sin moderación. Claro que si da con unos padres permisivos, que tal vez ellos mismos hacen lo mismo, sin dar ejemplo de vida, lo más natural es que el chico/a continúe con su botellón porque no ve salida a la compañía con sus compañeros que el no salir del botellón.
Como padre sé de sobra que de la mayoría de los disparates que hacen los chicos/as tienen culpa los padres. Tal vez antes que enseñar a los hijos hay que educar a algunos padres para que así, después de pasar por un reciclaje en los Centros de Enseñanza, puedan enviar con garantía a sus hijos a clase. |